La extensa carrera de Martín Palermo está poblada de hitos y profecías cumplidas, entre las que destaca una de la que mañana se cumplirán once años: el gol que convirtió frente a Grecia en el estadio Peter Mokaba de Polokwane a los 43 minutos del segundo tiempo del 2-0 de la Selección Nacional dirigida por Diego Maradona en el Mundial de Sudáfrica.

El martes 22 de junio de 2010 la Selección hizo dos de los goles más irrelevantes en su historia, por cuanto ya estaba clasificada a octavos de final, pero a la vez celebró uno de los más esperados: el del Loco nacido en La Plata.

Palermo “El Titán”, el “Optimista del gol” (Carlos Bianchi dixit), consumó en Sudáfrica lo que Lionel Messi no pudo en los cinco partidos de Argentina en el Mundial de las vuvuzelas, exactamente 24 años después de que Diego Maradona escribiera su dorada página contra Inglaterra en el Azteca de México.

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Fue el mismísimo Maradona, por cierto, el que incluyó a Palermo en una lista poblada de delanteros más jóvenes y sin excepciones estrellas en sus respectivos equipos: Messi en el Barsa, Carlos Tevez y el Kun Agüero en Manchester City, Gonzalo Higuaín en Real Madrid y Diego Milito en Inter de Milán.

Higuain convirtió cuatro veces y Tevez dos, pero ni Messi, ni Agüero ni Milito se hicieron presente en el score, como sí lo hizo Palermo a cinco meses de cumplir 37 años y a menos de un año de su retiro de las canchas.

Aquel 22 de junio la Selección Nacional ya estaba clasificada a octavos de final tras vencer 1-0 a Nigeria y golear 4-1 a Corea del Sur, de modo que frente a los helenos Maradona presentó una formación con mayoría de suplentes que, de hecho, jamás se reeditó.

Sergio Romero; Nicolás Burdisso, Martín Demichelis, Nicolás Otamendi y Clemente Rodríguez; Juan Sebastián Verón, Mario Bolatti, Maximiliano Rodríguez y Lionel Messi; Sergio Agüero y Diego Milito.

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En el segundo tiempo entró Di María a los 18 minutos, Javier Pastore a los 32 y, por fin, a los 35, después del 1-0 estampado por Demichelis, con el dorsal 18 Palermo por Milito.

A los 43, el predestinado honró la corazonada de todo goleador, esperó el desenlace de una gran jugada de Messi y el rebote que dio el arquero Alexandros Torvas dejó servida la pelota para que su derechazo haga contacto con la red.

Después de la jubilosa montaña de compañeros se acercó a la línea de cal y se abrazó con Maradona: ocho meses y 12 días antes, bajo un diluvio que azotó el Monumental de Núñez, el delantero platense había sacado al Diez de un problema mayúsculo cuando prácticamente en la última jugada del partido batió el arco peruano y allanó el camino a la clasificación al Mundial.

En las tribunas, un océano de lágrimas de emoción: los padres, el hermano, la esposa, el hijo mayor, un grupo de amigos celebraron como propia la gesta de quien en 1999, con esa misma camiseta albiceleste había sufrido la inaudita desdicha de fallar tres penales en el mismo partido.

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Sucedió hace once años en un Mundial de desenlace penoso (derrota de 4-0 con Alemania): salvo tribus muy específicas y enconadas (los hinchas de River y de Gimnasia, aunque tal vez no tanto), la comunidad futbolera atesoraba la ilusión de que un Palermo otoñal hiciera un gol en un Mundial y la profecía se cumplió.

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